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GUSTAVO ARAÚJO
De Gustavo Araújo y la Nostalgia

Recientemente perdió la vida Gustavo Araújo: fotógrafo, compañero de proyectos, cómplice y amigo. Cuando me pidieron escribir este artículo no pensé que resultaría un viaje a través de la nostalgia, pero así ha sido. Este ejercicio de permitió desandar su camino, seguir su huella, de manera retrospectiva y revivir una época de mi vida.
No es demasiado decir que Gustavo Araújo fue un artista significativo para el arte nacional. Así está expresado en varios artículos de Adrienne Samos y Mónica Kupfer, quienes han analizado de manera profunda a esa ola de artistas emergentes que desde el 2000 lanzan una propuesta estética que se aleja de la tradición de los maestros de la plástica para mostrarnos una realidad más directa y refrescante.
Cuando conocí a Gustavo hacía poco que había regresado de estudiar fotografía en la Escuela de Bellas Artes Cristóbal Rojas en Venezuela. Iniciaba su carrera como fotógrafo comercial en una agencia de publicidad lo que le ayudaría muchísimo a desarrollar la técnica e influiría en su estética personal. A finales de la década de 1990, se traslada a la ciudad de Nueva York donde pasa varios años estudiando en el prestigioso International Center of Photography.
A su regreso de Estados Unidos se convierte en un activo fotógrafo editorial, trabajando para las más importantes agencias de modelos, así como desarrollando proyectos para varias revistas de estilo de vida. Desde la revista Agenda trabajé junto a él en varios proyectos. Aunque la publicidad marca muchísimo su obra, los medios en los cuales publicaba, no reflejaban del todo sus inquietudes expresivas. Por eso desarrollaba de manera paralela una obra más íntima, más personal. Siempre con la cámara en mano. Fotografiaba todo y a todos buscando, como bien lo expresara Samos “un lenguaje más autorreferencial, ligado a la memoria íntima y al impacto subjetivo que ocasiona el entorno”.
El 2000 fue tal vez el año que lo catapultó hacia la proyección internacional y lo colocó como uno de los artistas emergentes más prometedores. Inició una colaboración con su hermano Walo Araújo en la edición de la Revisa MOGO de la que fue editor fotográfico. Aquí utiliza ampliamente su experiencia en el campo de la publicidad para crear un lenguaje estético en el que rechaza lo estático, busca una identificación con el paisaje urbano, la cultura digital y el diseño gráfico.
En este etapa el tiempo es el eje central de su obra. Experimenta, a manera de negación de la limitación bidimensional tradicional en la fotografía, otros soportes como vallas y cajas luminosas en las que los protagonistas se mueven y se ven desde diferentes ángulos en secuencias fragmentadas. También produce varios audiovisuales en los que utiliza la nostalgia de su infancia para reflexionar —en sus propias palabras— “sobre la fragilidad de las relaciones humanas, la ausencia y la pérdida del pasado”.
En el 2002 se hace acreedor del Primer Premio de la V Bienal de Arte de Panamá con la obra Bocas, y también en este año se hace con el primer puesto de la II Bienal del Istmo Centroamericano. Esto afianza su carrera y le da seguridad. Su inquietud constante lo lleva a buscar nuevas formas de expresión en las que a través de juegos visuales pueda transgredir el discurso tradicional del arte en general y de la fotografía en particular. Aquí inicia un viaje de distanciamiento que paradójicamente lo llevó a mirar a la pintura formal como una legítima forma de expresión.
Entonces la ciudad se convirtió en su objeto de deseo. Su obra La Cosa está dura, para ciudadMULTIPLEcity —uno de los experimentos artísticos más interesantes de los últimos años— proponía utilizar esta frase de uso común entre los panameños en 10 vallas publicitarias, impresa en letra neutral, sobre fondo blanco, sin logotipo ni firma. El propósito era invitar a pensar al panameño, darle un nuevo sentido a esta frase tan desgastada.
Aunque la idea original era la impresión de la frase misma, Gustavo insistió en pintar personalmente la frase en las vallas. Estuvo largas horas pintando su mensaje, en lo podríamos pensar era ya su idea de tomar la pintura como forma de expresión. Luego de esta experiencia se enfrascó en varios proyectos muy interesantes como la producción de una pieza de audio que recoge el sonido de las festividades del Cristo Negro de Portobello. En esta pieza se pueden escuchar los quejidos de los penitentes, las plegarias de los devotos, así como conversaciones banales, pedidos de comida y anuncio de objetos para la venta. Era una pieza auditivamente muy compleja.
Cada vez más buscaba alejarse de la fotografía. Fue así como empezó a pintar con Brooke Alfaro como maestro. Decía que necesita dejar de tomar fotos para poder descubrirse como pintor. Sin embargo, Adrienne Samos y yo coincidimos en que esto no le fue posible. En todos sus lienzos se notaba la influencia de la fotografía y aún después de adentrarse en la pintura seguía tomando fotos.
Esta etapa, por ser la más reciente es la más difícil de definir o explicar. Aunque fue una actividad que acometió con mucho compromiso aún quedaban en él residuos de su visión de fotógrafo. De esta etapa puedo destacar varios autoretratos, algunas imágenes que podrían describirse como una traducción de la fotografía al lienzo con una estética un poco kitsch. Por otra parte, inicia una serie de óleos de vistas aéreas de paisajes que pintaba reproduciendo la imagen pixelada a manera de las cámaras digitales.
Con esta obra, participó en la reciente Bienal del Istmo Centroamericano en Honduras. Su último evento, en el cual se le rindió un homenaje póstumo.
He tratado de hacer un breve recorrido por la obra de Gustavo Araújo. Sé que he dejado de lado —principalmente por desconocimiento— muchas cosas. Él era un espíritu libre, siempre estaba creando y estoy segura que su computadora debe estar llena de imágenes que así lo demuestran. Espero que en algún momento esta historia pueda ser completada y que tengamos la experiencia de ver su obra reunida para disfrutar de su extraordinario talento.
 
 
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